Los curas llevan pantalones bajo la sotana

LOS CURAS LLEVAN PANTALONES BAJO LA SOTANA

Hace muchísimos años, cuando los curas llevaban sotana y mi estatura superaría como mucho un palmo a la altura de una silla ordinaria, recuerdo que me asaltó una cuestión que me mantuvo durante un tiempo desconcertada. La cuestión era si los curas llevaban o no pantalones bajo la sotana.

Recuerdo al respecto con nítida precisión, el cimbreante revuelo de un faldamento negro, dueño y señor de los pasillos de mi casa que, hacia arriba y tras recorrer un torso, negro también, finalizaba en una cabeza armoniosa de rasgos helenos y cabello casi rasurado, y hacia abajo, abombado o deformado a capricho del viento, terminaba con unos zapatos sencillos y pulcros de canónigo o seminarista.

A su diestra, perpetuamente mi madre, a la que llamaba “hija” (aunque podía ser su hermana), y en la que apoyaba su sempiterna mano paterno-cural, en un gesto de profunda conmiseración y clemencia.

Y es que los viajes de mi padre, diplomático de edad, dejaban a mi madre muy sola, se quejaba de continuo ella, pero gracias a su resignación y a la ayuda religiosa – decía – de don Evaristo, conseguía mitigarlo o – quién sabe -, tal vez superarlo.

Tenía además en el sacerdote a un asesor literario que a la mínima ocasión – Rasputín de su zarina – se prestaba a cambiar de su mesilla de noche la vieja y manoseada biblia de Boccaccio (un facsímil en italiano regalo de mi padre, seguramente de altísimo valor) por la de san Lucas, sin duda, de los cuatro, su apóstol predilecto.

Ahora bien, lo que yo sobre todas las cosas quería saber era qué llevaba don Evaristo bajo la sotana, porque aunque se movía con soltura y confianza por mi casa, su hábito era lo suficientemente espeso, largo y misterioso como para no dejar traslucir ni adivinar nada.

¿Caminarían sus beatas piernas, desnudas de terrenales telas, bajo los manteos sacro-litúrgicos de su perpetua prenda? ¿Le abanicaría el aire, filtrándose por entre los pliegues de trama negra, sus pudibundas extremidades de aspecto desconocido, y de tan desconocido, inédito? ¿O – mortal al fin – se acogería a la tradición secularizada forrando sus pantorrillas de los tan prosaicos y vulgares pantalones? Mi madre rió con ganas cuando le formulé la pregunta y sacudió la cabeza componiendo una mueca astuta.

-¡Qué va a llevar! ¡Pantalones, hija, como cualquier hombre!

¡Ah, no! ¡Como cualquier hombre no! ¿Desde cuándo los curas eran hombres como los demás? Sabía, además, por ciertos viajes junto a mi padre (a veces mi madre y yo le acompañábamos) de la existencia de vestimentas masculinas donde el pantalón brillaba por su ausencia, vestimentas que con tiempo y edad aprendí a reconocer y denominar: la chilaba árabe que a tantos cairotas vi portar con tan sólo la sencillez y la gracia de un simple fez; o el sari brahmán de los hindúes de noble casta, o las túnicas beduinas y beréberes, o incluso las faldas escocesas cuya longitud nunca rebasaba las anchas rodillas masculinas de quienes las llevaban. Y en la antigüedad, revisando por encima la historia, sucedía más o menos igual. ¿Cómo podía imaginar nadie a un Moisés, o a un Aarón, con calzones o bombachos dentro de su mejil hebrea? ¿Y a un chino manchú cubriendo sus piernas con algo más que la ceremonial túnica mandarina? Y ni pensar en un senador, en un cónsul romano vistiendo pantalones bajo la patricia toga…

Empeñada en mi postura, hice oídos sordos a la respuesta que mi madre se obstinaba en repetir. Si don Evaristo usaba pantalones, en consecuencia de igual manera los utilizarían obispos y arzobispos, prelados y nuncios, escondidos, disimulados en el interior de sus hábitos y dalmáticas y, por qué no, Su Santidad el Papa los vestiría asimismo bajo su nívea e impoluta sotana pontificia. Intolerable.

Recuerdo que veía a don Evaristo como un emisario de Dios, ser apostólico, etéreo, sobrehumano, y no podía imaginármelo utilizando, no ya pantalones, ni siquiera los muy tangibles e imprescindibles calzoncillos.

Entre éstas y otra cosas pasó mi infancia y crecí muy por encima de las más altas sillas, hasta incluso poder curiosear sin necesidad de taburete o escalera los altillos de los armarios donde se hallan los secretos que las familias guardan durante una vida lejos del alcance de los niños. La añeja duda permanecía conmigo, pero estaba adormecida, sepultada por cuestiones más propias de mi nueva edad que acaparaban el grueso total de mi pensamiento. Mi padre, definitivamente viejo, viajaba menos cada vez y don Evaristo ahora apenas frecuentaba la casa. Era obvio que al menguar su soledad o tal vez su libertad, mi madre no necesitaba de igual manera un director espiritual. (¿Así lo llamaba, o decía padre espiritual? La memoria me falla…). No obstante, seguía acudiendo a los oficios religiosos, costumbre que yo también adopté, en parte por imitación, en parte por obligación.

Aún guardo con claridad en este cofre harto añoso de mi memoria (entre tantas otras cosas ¡ay!) la insistente pregunta que don Evaristo esgrimía cada domingo, tras la misa, cuando sofocado y despeinado por despojarse a la carrera del alba y la casulla y después de esquivar no pocos encuentros con feligreses, me alcanzaba por fin antes de que yo abandonara el recinto parroquial, donde por cualquier circunstancia olvidada me entretenía, pero siempre y para su desazón, irremediablemente sola.

-¿Y tu madre? ¿Se ha ido ya? ¡Dios! – clamaba al cielo apretando los labios.

Y lo manifiesto, consciente de que tardé algunos años en comprender el significado exacto de su expresión al decirlo.

Todos ésos fragmentos de vida recuerdo, y muchos más, pero en cambio no consigo acordarme de cómo o qué sucedió para que don Evaristo y yo nos encontráramos cierto día a solas, alejándonos de quién sabe qué epidemia de peste exterior imaginaria. Era domingo, un domingo cualquiera y hacía varias semanas que él ya no corría (abandonado a la amarga resignación de la derrota) en pos de mi madre, ni me abordaba, al encontrarme sin ella, con la consabida pregunta, conociendo cómo conocía la también consabida respuesta. Aquél domingo, dijo en cambio:

-Querida niña, te has hecho toda una mujer…

Lo cual era disímil y contradictorio, ya que nadie puede ser niña y mujer al mismo tiempo. Estábamos en la sacristía, una sencilla habitación de alto techo enjalbegado, cerrados a cal y canto, y allí arriba, muy tenue, palpitaba una luz.

Me abrazó. Sin prolegómenos de ningún tipo. ¿Cómo un padre? ¿Cómo un hombre?… Olía a cirio, a tabaco y a incienso. Yo, en un principio extrañada, esperaba.

-Sí. Una bonita mujer… – recalcó hurgando en mi complacencia.

Súbitamente, su voz cambió de registro. Comenzaron a aflorar a su boca balbuceos guturales y sonidos empalagosos que recordaban arrullos de aya o ronroneos animales y entretanto resbalaba su mano blanco-azulada (piel transparente, venas encendidas) de dedos extra-largos por mi pelo, mis orejas y mi cara.

No puedo omitir que por aquel tiempo mi anatomía florecía, eclosionaba llenándose de relieves, derrochando madurez recién adquirida y el cura no pasó aquello por alto.

-Y muy, muy proporcionada….

De golpe sus maneras se volvieron bruscas, imperiosas, incontenibles, y comenzó a palpar mi cuerpo con la urgencia de un médico militar en revisión cuartelaria. La presión de sus dedos aglutinados era espesa, su respiración ardiente y adhesiva. Entre jadeos irregulares aspiraba con ansia de sabueso, el suave – decía – perfume de mi cuello.

Anonadada. Ésa era la palabra. Y así me sentía, completamente anonadada. Acto seguido, la falda que me cubría se descolgó a un impulso del sacerdote, cayendo al suelo lacia, como un paracaídas usado y ahí quedó al aire mi adolescente envergadura, mientras yo misma me debatía entre la confusión y la sorpresa primero y después entre el rechazo, la vergüenza y el miedo. Su faz, por el contrario, se contrajo en un único gesto, que por ser nuevo y desconocido para mí, quise, enredada en mi ignorancia, clasificar como pérfido, cruel – de ahí mi pavor –, m e f i s t o f é l i c o.

Ya me tenía aferrada. Con potente propulsión de su cuerpo, se abalanzó sobre el mío y haciendo tálamo de la mesa que había en la sacristía, levantó sus sotana – trampa sutil para cazar pajarillos – acorralándome bajo ella en una acción premeditada de inconmensurable destreza.

Y entonces los vi, aunque velados mis ojos por el aturdimiento, eran reales, materiales sin duda: dos perniles de delgado paño oscuro abarcaban, abrigaban sendas y ahora descontroladas piernas. No fue tanto el desconcierto primero como el regocijo por haber rescatado de la oscuridad la vieja duda sometida al ostracismo. Y ella recuperó su cariz protagonista, y yo no pude menos que reír abiertamente, y el arrebato pasional de don Evaristo tuvo el mismo desenlace boccacciano que ciertos cuentos de su, por mí cientos de veces leído a lo largo de mi vida (en la heredada edición facsímil que aún conservo), magistral, mítico, sicalíptico Decamerón.

FIN

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